El pasado viernes 25 de Abril nos dejó Ignacio Cabello. Ignacio Cabello ha sido uno de los grandes de la gastronomía española. Cuando decimos que ha sido uno de los grandes, no es por el típico cumplido en estos casos.

Los que formamos parte de la gastronomía sabemos perfectamente de la valía profesional de Ignacio, que empezó como camionero, para pasar posteriormente a abrir prósperos negocios de restauración en Pozuelo de Alarcón junto a su hermano Amando, primero La Bodega de la Salud y posteriormente La Española, donde contagió a sus clientes de su humanidad y su cariño.
Su afán emprendedor le llevó más tarde a iniciar el reto de Halifax en Alcorcón donde comenzó su aventura de construir cabañas canadienses que desembocó en una empresa de casas prefabricadas.
Sin embargo la capacidad de trabajo de Ignacio, muy por encima del resto de los mortales, no era su rasgo más importante. Su concepto de la amistad era infinito. Se daba a conocidos y no conocidos, no tenía límite. Siempre estaba ahí, sin pedir nada a cambio
Por ello, nos ha producido una tristeza muy grande ver que el pasado Sábado en el Cementerio de Pozuelo, aunque había muchas caras conocidas, se echaban en falta otras muchas.
¿De verdad somos conscientes de la dimensión de Ignacio en la restauración española y madrileña en particular?.
Ignacio con su fuerza e ilusión, levantó AMER (Asociación Madrileña de Empresarios de Restaurantes), y cuando decimos levantar, lo decimos literalmente, porque a Ignacio nunca se le cayeron los anillos por, martillo en mano, apuntalar durante horas el edificio que se construyó bajo su presidencia. También fue presidente de La Cofradía del Ciento, donde creó la Escuela de Hostelería de Toledo, siempre derrochando trabajo y vitalidad.
Pero Ignacio siempre iba de frente. En un mundo tan encorsetado y muchas veces falso como es la hostelería, donde prima más el aparentar que el hacer, Ignacio, a veces, se hacía incómodo a algunos. No le conocían, o no le querían conocer. Les apabullaba con su capacidad de trabajo y con su entrega. Nunca renegó de sus principios de camionero. Se llamaba a si mismo tabernero y era feliz y hacía serlo a los demás, entre ellos todos sus empleados que daban la vida por él si hacía falta.
Muchos le utilizaban porque era capaz de todo, pero se apartaban ligeramente intentando marcar una distancia entre las formas “principescas” de algunos restauradores y su aspecto rudo y bonachón. No saben lo que se perdían.
Por ello, desde ahí arriba le han llamado. Seguro que hay cosas importantes que hacer, porque si no, no hubiese valido la pena dejar un vacío tan grande a su familia y sus amigos.
Trabaja (porque el descanso no va contigo) en paz. Se te quiere mucho.



